ESPEJISMO

Enviado por jabarbon el Mié, 16/10/2019 - 08:53
CABALLO

Alazán tostado, de pecho poderoso, imponente; con su cabezal de cuero negro, bridas, riendas, silla de filigrana y estribos plateados. Suspendido en acrobática postura sobre un balancín de madera, en un salto fantástico e interminable. Todo él sugerente y hermoso como esos caballos del carrusel, que traían los feriantes para las fiestas, trotones incansables arriba y abajo; viviendo en cada vuelta, con cada nuevo jinete, una aventura distinta.

Aquel caballo era el protagonista indiscutible de su carta a los Reyes Magos: “Queridos Reyes Magos, este año he sido muy bueno y solo quiero que me traigáis a Rayo —así lo había bautizado—, lápices para pintar, unos calcetines y una bufanda”.

Acuérdate de poner los calcetines y la bufanda, que a los Reyes les gusta mucho que los niños les pidan ropa —era la eterna recomendación de su madre.

Y aunque a él solo le importaba su caballo —por si acaso y para no liarla—, incluía el recado del textil, que al final era lo único que atendían sus taumatúrgicas majestades con antipática diligencia.

En la tienda donde vivía el caballito de cartón se vendían otras muchas cosas: artículos para el hogar, ropa de señora y caballero, molduras, espejos, recuerdos del Pilar, estatuas, rosarios, maletas, baúles, bolsos y en cuanto a juguetes, un enorme cartel colgado en la pared aseguraba que allí tenían “DE LO MÁS BARATO A LO MEJOR”.

Esa, y no otra, era la explicación a la ausencia de compromiso regio con los anhelos ecuestres del niño; porque también en los juguetes hay categorías y el alazán de cartón piedra era eso, “DE LO MEJOR”, reservado para la chiquillería de casas bien, familias con posibles, gente de orden, en definitiva; mientras que los padres del chico, aunque honrados y decentes, tenían que hacer piruetas y volatines para llegar a fin de mes.

Año tras año, el paso de sus majestades por aquel balcón solo dejaba constancia de que —aunque él todavía no se hubiera percatado de ello—, allí vivía un niño pobre y en esas circunstancias, los Reyes Magos siempre van a “LO MÁS BARATO”.

Nunca tuvo caballo de cartón, bicicleta o tren eléctrico y a golpe de desengaño, aprendió que son muy pocos los elegidos, que pueden permitirse el lujo de tener ilusiones y que el resto, la mayoría, hemos de conformarnos sólo con espejismos, que duran muy poco, pero son eso: “LO MÁS BARATO”.

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