¡Putos piojos!

En el Museo de Historia Natural de Florida, entre otras muchas actividades, se realizan estudios sobre la evolución de los seres vivos, sean bípedos, cuadrúpedos, arácnidos, crustáceos, platelmintos o nematodos, y entre la cantidad inmensa de bichos a investigar, los floridenses la han tomado con los piojos —mira tú por donde—, concluyendo, entre otras cosas, que el piojo común, el de pelo de toda la vida, comenzó a divergir hacia el piojo de ropa hace ciento setenta mil años y eso quiere decir, que por esas fechas más o menos, los humanos comenzaron a utilizar prendas de vestir.

            Vista la cosa con la perspectiva del tiempo quizá no parezca tener más importancia que la del simple dato, pero si se para uno a meditar, la cosa tiene su aquel y es que durante los ochocientos y pico mil anteriores, nuestros cavernarios tatarabuelos iban por la vida en pelota picada, a sobaquera libre, con la bragadura bien oxigenada y el bullarengue al viento.

Dicho sea de otro modo: durante una barbaridad de tiempo, ancestros no se avergonzaron de sus cuerpos desnudos, se cruzaban por las breñas sin quitar su atención de donde ponían el pie, en la asamblea cavernaria de cada día se despiojaban unos a otras, y viceversa, con total normalidad y desconocían la indecencia, el decoro o la impudicia, inventos todos ellos coincidentes en el tiempo con el despido de Adán y Eva.

Así que una de dos: o nuestros primeros padres fueron terriblemente longevos y tardaron más de ochocientos mil años en descubrir el manzano de la discordia o aquí hay algo que no encaja en el guión.

Lo de la longevidad de los yayos y el tremendo retraso en cometer el histórico pecado parece poco probable. Sería un timo olímpico de la hostia, porque lo de ganarse el sustento con el sudor de la frente y parir con dolor llegó en el mismo paquete de la maldición divina; pero en el supuesto que nos ocupa, nuestros antepasados llevarían ya ochocientos mil años pasándolas de colorines con el alumbramiento de los nuevos retoños y su posterior manutención. La broma habría sido para liarse a cantazos con la corte celestial en pleno.

Pero si seguimos fielmente el relato bíblico y sin querer reescribir la historia —mucho menos la sagrada—, aparecen dudas razonables, que traslado a los creacionistas, por si tienen la caridad de aclararnos la disyuntiva, porque si al cometer el primer pecado, Adán y Eva sintieron vergüenza de su desnudez y se taparon las mismas con una hoja de parra: ¿por qué a sus descendientes se la sudó pasar cientos de miles de años en porretas? ¿Les salieron hippies, las criaturas? ¿Desoyeron nuestros primeros padres el mandato divino, cambiaron la cerradura del Jardín del Edén y se constituyeron en los primeros okupas de la historia?

Como puede suceder que los creacionistas opten por el silencio administrativo, yo apuesto por la última opción, porque anda que no cuesta proceder a un desahucio de este tipo, más habiendo niños de por medio, —como es lógico—, porque Caín y Abel llegaron enseguida y con sus cosas, para más embarrar la situación, luego convirtieron aquello en el escenario de un crimen, cosa que empantana las diligencias administrativas una barbaridad.

Total que entre pleitos, recursos, zarandajas legales y tramitar lo del realojo se pasarían los años volando; que el tiempo vuela y a lo que te quieres dar cuenta…

En fin, que eso va a ser. Digo yo. O no. Menudo lío.

Los de Florida podían haberse dedicado a estudiar la evolución de la col e hoja, porque los piojos han parasitado seriamente —como no podía ser de otra manera—, mi hasta ahora inquebrantable fideísmo; me pica la curiosidad, me han salido ronchas en el credo y estoy en un desasosiego incontebible.

A mis años. ¡Hay que joderse!

 

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